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Una finalidad trascendente de la arquitectura es servir a la habitación humana.
Pero el habitar no es la única finalidad de los oficios y de las profesiones arquitectónicas. A despecho de lo que pudiera pensarse en principio, para la dilatada historia del ejercicio de la arquitectura, el habitar se ha tenido como la consecuencia tan obvia como no problemática de las operaciones profesionales del proyectar y construir artefactos que lo hagan posible. De allí se desliza un equívoco de muy larga data: frente a la conciencia de los profesionales de la arquitectura, tanto el construir como el proyectar se han transformado en finalidades en sí y específicas que demandan la mayor atención. Así, el propio habitar se ha soslayado.
A esta observación se podría replicar, no sin alguna razón, que la atención que brinda Vitruvio a la utilitas (utilidad) supone que el habitar humano ha sido desde casi siempre un factor importante en la reflexión y en el obrar arquitectónico. Sin embargo, frente al desafío artístico y técnico de construir, hay que reconocer que en su tratado resulta bastante sumario en lo que respecta al habitar como asunto específico.
Si se repasa el tratado de Alberti, por su parte, se observa que el acento de la atención vira de la construcción material al desafío intelectual del proyecto. Tampoco se aprecia un interés especial y equiparado en importancia por el propio habitar. Este aspecto se agudiza peculiarmente en toda la tratadística académica posterior.
También podría replicarse que la preocupación moderna, en los albores del siglo XX, por la función utilitaria supuso un importante aporte a la cuestión que nos ocupa. Debe concederse cierta cuota de razón a tal observación. No obstante, no es menos cierto que en la conocida proposición debida a Le Corbusier —aquella que sostiene que la casa es una máquina de habitar (Le Corbusier, 1923)— reduce la compleja relación de la implementación habitable en una relación de operación hombre/máquina. No es que tal proposición no tenga su parte de verdad y su relativa trascendencia histórica, pero hay que reconocer que en la actualidad resulta falazmente reductiva.
Es precisamente en el momento histórico que tiene lugar la crisis del funcionalismo mecanicista moderno que madura en algunas conciencias la perplejidad por el significado y sentido del habitar humano. En este punto, ha resultado de una peculiar inspiración el magisterio del arquitecto finlandés Alvar Aalto (1898-1976), que propugnó en su momento por una humanización de la arquitectura. “El verdadero funcionalismo de la arquitectura debe reflejarse, principalmente, en su funcionalidad bajo el punto de vista humano. El funcionalismo técnico no puede definir la arquitectura”, afirmaba, ya en 1940.
El resultado paradojal de esta situación histórica nos conduce a un presente en que tanto la problematización del habitar, como la reivindicación de la condición humana en la arquitectura resultan aspectos relativamente novedosos. De allí que el estudio sistemático del habitar humano suponga tanto un renovado desafío antropológico, así como un nuevo eje epistemológico y reflexivo para la propia teoría de la arquitectura. Resulta ahora claro que el habitar no es la consecuencia obvia y aproblemática del ejercicio profesional de la arquitectura.
El habitar en esta circunstancia histórica se ha vuelto opaco, problemático y desafiante. Esta triple condición funda la pertinencia del contenido del presente trabajo.
Pero el habitar no es la única finalidad de los oficios y de las profesiones arquitectónicas. A despecho de lo que pudiera pensarse en principio, para la dilatada historia del ejercicio de la arquitectura, el habitar se ha tenido como la consecuencia tan obvia como no problemática de las operaciones profesionales del proyectar y construir artefactos que lo hagan posible. De allí se desliza un equívoco de muy larga data: frente a la conciencia de los profesionales de la arquitectura, tanto el construir como el proyectar se han transformado en finalidades en sí y específicas que demandan la mayor atención. Así, el propio habitar se ha soslayado.
A esta observación se podría replicar, no sin alguna razón, que la atención que brinda Vitruvio a la utilitas (utilidad) supone que el habitar humano ha sido desde casi siempre un factor importante en la reflexión y en el obrar arquitectónico. Sin embargo, frente al desafío artístico y técnico de construir, hay que reconocer que en su tratado resulta bastante sumario en lo que respecta al habitar como asunto específico.
Si se repasa el tratado de Alberti, por su parte, se observa que el acento de la atención vira de la construcción material al desafío intelectual del proyecto. Tampoco se aprecia un interés especial y equiparado en importancia por el propio habitar. Este aspecto se agudiza peculiarmente en toda la tratadística académica posterior.
También podría replicarse que la preocupación moderna, en los albores del siglo XX, por la función utilitaria supuso un importante aporte a la cuestión que nos ocupa. Debe concederse cierta cuota de razón a tal observación. No obstante, no es menos cierto que en la conocida proposición debida a Le Corbusier —aquella que sostiene que la casa es una máquina de habitar (Le Corbusier, 1923)— reduce la compleja relación de la implementación habitable en una relación de operación hombre/máquina. No es que tal proposición no tenga su parte de verdad y su relativa trascendencia histórica, pero hay que reconocer que en la actualidad resulta falazmente reductiva.
Es precisamente en el momento histórico que tiene lugar la crisis del funcionalismo mecanicista moderno que madura en algunas conciencias la perplejidad por el significado y sentido del habitar humano. En este punto, ha resultado de una peculiar inspiración el magisterio del arquitecto finlandés Alvar Aalto (1898-1976), que propugnó en su momento por una humanización de la arquitectura. “El verdadero funcionalismo de la arquitectura debe reflejarse, principalmente, en su funcionalidad bajo el punto de vista humano. El funcionalismo técnico no puede definir la arquitectura”, afirmaba, ya en 1940.
El resultado paradojal de esta situación histórica nos conduce a un presente en que tanto la problematización del habitar, como la reivindicación de la condición humana en la arquitectura resultan aspectos relativamente novedosos. De allí que el estudio sistemático del habitar humano suponga tanto un renovado desafío antropológico, así como un nuevo eje epistemológico y reflexivo para la propia teoría de la arquitectura. Resulta ahora claro que el habitar no es la consecuencia obvia y aproblemática del ejercicio profesional de la arquitectura.
El habitar en esta circunstancia histórica se ha vuelto opaco, problemático y desafiante. Esta triple condición funda la pertinencia del contenido del presente trabajo.