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Este libro reúne conceptos y procedimientos referidos a la enseñanza de la arquitectura que se inician como Plan Chaco en el año 1957 y que acompañan el hacer docente de JMyV desde entonces. Este plan fundacional de la fructífera carrera docente de Juan se presenta hoy con una vigencia sorprendente. Han pasado 50 años desde su lúcida formulación y aún no se asume de manera cierta, aunque se declame repetidas veces, que la arquitectura está ligada a la comprensión de nuestro real problema regional e histórico como inicio para un conocimiento de lo universal. Que tiene
que ser pensada para “el hombre común en su vida diaria”. Que su enseñanza debe poner “especial atención en despertar en el estudiante el sentido de la responsabilidad histórica que lo habilite a controlar la utilización de sus conocimientos en relación a fines de justicia y equidad”. Que es indispensable la integración de conocimientos hoy aislados en materias encerradas en especialidades miopes (conocimientos que además se desactualizan con una rapidez nunca imaginada), “las cosas puestas unas al lado de las otras sin puentes que las unan”. Que se sigue permitiendo, y en muchos casos fomentando, la idea de que el dibujo es un fin en sí mismo y no el instrumento para llegar al hecho físico tangible: la obra, “la realidad, el fenómeno de su percepción, es único, su experiencia es individual e irremplazable por segundas expresiones”. Que la arquitectura no es un objeto aislado sino que integra una circunstancia particular, “a pesar de aceptar estos
hechos por evidentes, ya en las prácticas de proyecto se los olvida fácil y frecuentemente y se conduce a los alumnos a trabajar sólo con lo envuelto por paredes y techos”, “quedaban fuera: la cultura del medio social, las costumbres, modos de vida, paisajes y clima “ Comparto y practico desde hace años esta manera de encarar la enseñanza de la arquitectura sin sujeción a dogmas con una mirada renovada y superadora de una enseñanza atada aún al lastre de un “academicismo meramente contemplativo, clasificatorio y neutro”. Pero después de reflexionar sobre lo escrito entiendo que quizás la manera de enseñar de Juan, contrariando al título de este libro, parta claramente de un dogma que nos libera de todos los otros: “TODO CAMINO EMPIEZA EN NUESTROS PIES”.
que ser pensada para “el hombre común en su vida diaria”. Que su enseñanza debe poner “especial atención en despertar en el estudiante el sentido de la responsabilidad histórica que lo habilite a controlar la utilización de sus conocimientos en relación a fines de justicia y equidad”. Que es indispensable la integración de conocimientos hoy aislados en materias encerradas en especialidades miopes (conocimientos que además se desactualizan con una rapidez nunca imaginada), “las cosas puestas unas al lado de las otras sin puentes que las unan”. Que se sigue permitiendo, y en muchos casos fomentando, la idea de que el dibujo es un fin en sí mismo y no el instrumento para llegar al hecho físico tangible: la obra, “la realidad, el fenómeno de su percepción, es único, su experiencia es individual e irremplazable por segundas expresiones”. Que la arquitectura no es un objeto aislado sino que integra una circunstancia particular, “a pesar de aceptar estos
hechos por evidentes, ya en las prácticas de proyecto se los olvida fácil y frecuentemente y se conduce a los alumnos a trabajar sólo con lo envuelto por paredes y techos”, “quedaban fuera: la cultura del medio social, las costumbres, modos de vida, paisajes y clima “ Comparto y practico desde hace años esta manera de encarar la enseñanza de la arquitectura sin sujeción a dogmas con una mirada renovada y superadora de una enseñanza atada aún al lastre de un “academicismo meramente contemplativo, clasificatorio y neutro”. Pero después de reflexionar sobre lo escrito entiendo que quizás la manera de enseñar de Juan, contrariando al título de este libro, parta claramente de un dogma que nos libera de todos los otros: “TODO CAMINO EMPIEZA EN NUESTROS PIES”.